Soliloquio dentro el placard
Hoy, en el fondo de los jardines, un pájaro sin apariencia concreta rasgó la tela de un indiferente cielo. La superficie inmensurable acusó la agresión alada; que ahora estimo de una golondrina y produjo hemorragias de tinte agrosellados que salpicaron los cristales de mi ventana, por la que nunca observo atardeceres dado que ya no encuentro incentivos para ello.
Usted dirá -¿cómo es posible no apreciarlos?
Le diré: básicamente me son indiferentes. En los últimos años no me dejo influenciar por los cambiantes matices dorados y rojizos que embelesan a millones de personas. Pienso que la visión actual de un atardecer es producto del efecto invernadero, la capa de ozono y en casos del fhotoshop, ficciones que engañan los sentidos y de lo que ya en su momento hablaron los Griegos,temita no menor como puede parecerle y que ha dado materia para engrosar tomos y enmarañar el estudio de la Filosofía y otras materias afines.
Los auténticos atardeceres, señor mío, sobreviviendo a la desidia y a las pésimas restauraciones, sólo se descubren actualmente en las pinturas del Renacimiento. Allí se han quedado como testimonio irrepetible, irrefutable.
Por lo expresado, decidí entonces aplicar el tiempo no dedicado a la observación crepuscular a ocupaciones más provechosas y acordes con mi edad real. Convención cronológica con la que no comulgo. Por ejemplo jugar Sudoku o al bañarme mirar desde las alturas, estando dentro o fuera de la bañera, las uñas de los pies, partes del cuerpo de vital importancia las que menos se observan, en especial en los países de clima frío. Recomiendo básicamente dedicarle tiempo al dedo gordo izquierdo, que es el mejor conservado, no sólo en mi caso, ya que ello parece ser habitual en muchas personas, sin distinción de género.
En todos los casos, la deformación de las falanges esta determinada por factores comunes que describo: uso prolongado de calzado rústico o inadecuado, apego desmedido a la moda en contra del confort y el sentido común, profesiones ejercidas por años, la genética. Y eso sin olvidar los años transcurridos.
Volviendo a la contemplación de atardeceres, no llevo cuenta de cuántos son los que acontecieron en mi vida, tomando como partida el espectáculo inicial que penetró por mis retinas dando información a mi cerebro sobre imágenes y sensaciones nuevas, que el alucinante mecanismo rotuló en el conocimiento, la conciencia y la emoción para que ambos tradujeran en lenguaje la visión holística de aquella maravilla. Expresiones sensibles, comunes a todo hombre mas allá de su nivel cultural, -está atardeciendo, -llega la noche, -¡se fue el día! -¡qué colores!, -se ha nublado, -mañana llueve, -¡qué belleza!, etc., etc.
Mi primer atardecer consiente, no lo recuerdo; no guardo del suceso un mínimo registro , ni de la estación del año, menos aún la fecha, aunque más no fuere, aproximada. Tampoco si estuve en compañía, circunstancia que de haberse producido hubiera sido un hecho singular, debido a que soy solitario de nacimiento, llevando a cuestas la peor forma de aislamiento: saberse solo, rodeado de personas. En este aspecto, el mote de solitario no me ha preocupado en momento alguno. La condición de tal no determina en lo profundo ser buena o mala persona, que es lo que cuenta. Tampoco me inquieta lo que digan sobre mi comportamiento cuando no esté definitivamente de cuerpo presente. A la hora de morir, como ocurre con frecuencia, casi todas las personas pasan de inmediato a la condición de probos.
Es que en esta sociedad ,de común, ya sea por pudor por respeto o conveniencia, nadie se atreve a expresar mal juicio sobre el fallecido, en especial si no hay conceptos previos compartidos para asegurarse que el concepto emitido; a título personal, será apoyado por terceros hasta convertirse con el transcurso del tiempo en lo que llaman “una verdad a voces”.
He descubierto que mientras los buenos, son confirmados como tales post mortem , los malos en cambio no deben esperar al final de sus días pues llegan a ese trance con ganada fama de su negativa condición.
El bueno es sólo bueno, a secas, a lo sumo en su cúspide llega al rango de muy bueno. En el malvado en cambio, convergen diversas tipologías, expresadas en improperios con el cual allegados o desconocidos refuerzan la denominación culta de su maldad. Esta acción es determinante en el escalafón del mal tipo. Tal es así, que de expresarse a secas, “ha sido malo”, desmerece su jerarquía.
Presiento que no ha de ser cosa fácil ejercer la categoría de malo a sabiendas, o hacerlo con profunda convicción, y menos aún ser consciente del daño que se auto inflige. Es más, doy por seguro que si fuera viable confeccionar un registro de unos y otros los buenos serían mayoría.
Si consultamos el Diccionario Español, que desde 1735 ha sido nutrido como toda obra de consulta, entre otros hechos, por las acciones del hombre a lo largo de las épocas, veremos con sorpresa que los sinónimos de “bueno” son ampliamente superiores en número, confrontados con los de “malo”. Se dice del individuo bueno: virtuoso, honesto, benévolo, bondadoso, amable, humano, afable, caritativo, sensible, grato, compasivo, humanitario, recto indulgente, crédulo, bonachón, candoroso, bienhechor, piadoso, comprensivo, justo, íntegro, honrado, decente, intachable, irreprochable, honorable. Del malo se expresa que es: funesto, nefasto, perjudicial, cruel, execrable, malvado, perverso, infame, canalla, diabólico, dañino, maléfico, vil, pérfido, maligno, peligroso, nocivo.
Usted podrá disentir con mi teoría, argumentando que en otros idiomas los antónimos no muestran marcada diferencia en su cantidad. Convengamos que fuera así. En ese caso, estos datos me llevan a inferir que los hispanos parlantes han actuado en el correr de los tiempos con mayor bonhomía que otras culturas.
Usted podrá discrepar nuevamente. En ese caso, esta nueva divergencia me tiene sin cuidado, como el mote de solitario o el temita de no apreciar los atardeceres. |